Cinthia Reyes Jiménez. Comunicación, solidaridad y vocación.

Fernando martínez vázquez

 

Cinthia Reyes Jiménez.

Profesora de Tiempo Completo, Titular A. CCH Sur. Licenciada en Psicología Educativa y Licenciada en Comunicación Social, maestra en Educación Media Superior. Ciencias Sociales. (MADEMS), imparte las asignaturas de Taller de Comunicación I y II, forma parte del Seminario Permanente de Comunicación (SEMPERCOM) desde el 2001, miembro de las Comisiones Especiales para la Actualización de los Programas de Estudio de la materia de Taller de Comunicación I y II del CCH en el 2016 y 2024, representante del Área de Talleres ante el Consejo Técnico del CCH 2022-2026. Formé parte del Consejo Editorial de la revista “Poiética. Docencia, investigación y extensión”. Coautora del libro “Entre pizcas y barbechos. Alternativas del desarrollo local”, editado por Enlace y Comunicación, también soy coautora del libro “Ciencias de la Comunicación II” publicado en la editorial Santillana y coautora del libro “La urdimbre escolar: palabras y miradas” publicado por la UNAM. Ponente en congresos nacionales e internacionales con el tema de educación y evaluación.

Fernando (F): —Vamos a empezar esta entrevista con la maestra Cinthia Reyes Jiménez, profesora del CCH Sur desde hace 22 años, eso dice…

Cinthia (C): —En enero cumplí 23 años. 

Fernando: —¿Cómo te defines en este momento de tu vida?, porque no sólo nos interesa el aspecto académico sino el aspecto humano que está detrás de ti como profesora. 

Cinthia: —Pues… es un poquito complicado, porque me defino como maestra. Precisamente ayer estaba pensando en qué voy a decir, para qué lo voy a decir o cómo lo voy a decir; a mí me queda claro que, prácticamente, llevo la mitad de mi vida siendo profesora. 

Estoy por cumplir 23 años en la UNAM, pero este año también cumplo 50 de edad; entonces, la mitad de mi vida he sido docente. De esos 23 años, ubico que los últimos 22 han sido de tiempo completo. Mi vida sí la mueve la docencia, y un poco, ayer trataba de recordar, bueno, ¿quién era yo antes de la docencia? Tengo dos carreras, me inicié en la licenciatura de Psicología y después hice la de Comunicación, así como la maestría. 

¿Quién soy? Soy psicóloga, soy comunicóloga (ríe), soy docente. ¿Cómo llegué a la psicología? Es curioso, porque pareciera que mi formación académica siempre ha aterrizado en la docencia, no sé… de pequeñita sí quería ser maestra. Era quien les daba clases a mis muñecas (ríe), siempre me ha gustado. Si pudiera contestar, ¿por qué llegué a la docencia? Respondería que porque crecí siendo docente. Le enseñé las tablas de multiplicar a mi abuelito; mi abuelito no sabía ni leer ni escribir y cuando yo estaba en quinto de primaria, mi mamá empezó a trabajar, mi papá ya trabajaba, nos dejaron a cargo de mis abuelitos. Le empecé a enseñar, me compraron un pizarrón, de esos que tienen un ábaco arriba y que venden en los mercados; ahí le enseñaba, según yo, la maestra, a mi abuelito. No le enseñé a leer ni a escribir, pero sí le enseñé las tablas de multiplicar, porque, además, para que te den el cambio y hacer las cuentas, sí se necesitan los números. Le enseñé las tablas de multiplicar, estaba en la primaria. 

Una vez me preguntaron qué quería ser y yo dije: “maestra de niños que no pudieran aprender”. Mi mamá me decía, “¿cómo que de niños que no quieren aprender?, entonces, ¿para qué les enseñas?”. Se va a oír un poco extraño, pero yo le aclaraba: “niños que no puedan aprender”. Lo anterior me llevó a trabajar en uno de mis primeros empleos como auxiliar en una escuela de personas con parálisis cerebral, se llama APAC, aún existe. Tenía 15 años cuando empecé a trabajar, cuando salí de la secundaria, hice mi bonito examen para la UNAM, no me quedé, así que empecé a trabajar en esa escuela, sin ser docente ni tener ninguna preparación, era auxiliar. Era quien sacaba las mochilas, les daba las libretas a los niños y yo creo que fue donde decidí que esto de la docencia es algo maravilloso.

Me tocó trabajar con niños ciegos, mudos, sordos, con retraso mental, de todo, y además parálisis cerebral, algunos con más o menos daños. Ahí estuve un año, hasta que me quedé en la Preparatoria 1, tenía la opción de dejar de trabajar y seguir estudiando, pero no, así que continúe con ambas, aunque en 6º año ya no pude. Me parece que eso hizo que me decidiera por la psicología, en esta escuela lo que más había eran psicólogas, por lo que cuando terminé la prepa, yo tenía muy claro que lo que quería estudiar era psicología. 

Terminé la carrera de Psicología y empecé a trabajar. Mi primer empleo como psicóloga fue en la guardería del mercado de Xochimilco; en medio del mercado hay una guardería para todas las mamás de los puestos de las naves grandes. Ahí estuve un rato, después me pasé al Cecoi, que son Centros Comunitarios Integral y que no sé ahora cómo se llaman, quizá serán las Utopías o algo así. Cuando estaba trabajando en los centros comunitarios, me conectaron con una ONG, se llama Enlaces, Comunicaciones y Capacitación. Esta ONG busca el desarrollo participativo, el desarrollo de comunidades o, más bien, la gestión para el desarrollo de la comunidad, pero su característica es que trabaja con comunidades indígenas en la Ciudad de México, está también en Chiapas, Oaxaca y en Querétaro. 

Cuando entré, se abrió una sede en Xochimilco, necesitaban colaboradores y entré a trabajar a Enlaces. Curiosamente, con quienes más trabajaba ahí era con mujeres indígenas y, cuando estoy en Enlaces, también inicio en CCH. Todavía llevé a muchos de mis alumnos; creo que las primeras seis generaciones conocieron Enlaces Xochimilco; recuerdo, por ejemplo, que hacíamos unas posadas con todas las comunidades o las bases donde estaba Enlaces, en todas las colonias con las que trabajábamos en el centro comunitario. 

Por la carga de trabajo, porque nacieron mis hijos, me tuve que estacionar en un solo lado, era muy pesado. En Enlace teníamos que viajar mucho a las sedes, de repente se hacían reuniones en Chiapas o en Oaxaca, en Querétaro, en Puebla. Cada tres meses se hacían reuniones de todas las sedes e iban cambiando y teníamos que ir. Llegó un momento en que era el CCH o Enlaces. Me decidí por el CCH. Éste es el recorrido del antes del CCH y hasta ahorita.

Fernando: —Platicabas de una semilla de tu vocación, que era tu familia, me gustaría que nos hablaras más de esto, ¿qué otros aspectos de tu familia te detonan este gusto y esta pasión por la docencia?

Cinthia: —Soy la segunda hija de cinco hermanos; los hermanos más pequeños son gemelos, por el tipo de nacimiento que tuvieron, presentaron problemas de maduración y, ahorita que mencionas lo de la semilla, yo ubico que, siendo muy pequeña –nos llevamos cuatro años– yo tendría como 4 o 5 años, los llevaron a muchas terapias. Me acuerdo que mi mamá se la vivía en el Hospital de Pediatría, el que está ahí en Insurgentes y Periférico. Todo resultó muy bien, pero cuando estaban en la etapa preescolar, en el kínder, mi mamá los seguía llevando a terapias y me llevaba con ellos, porque no tenía donde dejarme o más bien porque éramos muchos, no podía dejar a tres al cuidado de mi abuelita, y lo que hacía es que me llevaba a mí y a los gemelos.

Entonces, mis hermanos entraban a terapias de lenguaje, a terapias de aprendizaje. Y nada más, a mí me sentaban al ladito. No me podían sacar a la sala, porque era una niña también. Entonces yo me chutaba las terapias. Pero lo que a mí más me atrapaba eran las maestras, o sea, cómo hablaban con los niños, lo que les enseñaban.

Había una pequeñita que tenía problemas de desnutrición, a mí esa niña me impactó muchísimo, porque era de estas niñas, de estas imágenes que salen de África, de niños que ya están en los huesitos y con un estómago súper abultado. Había una niña así y no podía sostener el lápiz. Yo me acuerdo, las maestras prácticamente la abrazaban y le tomaban su manita. O sea, con mucho cuidado con esa niña. Sí vi cómo después ya escribía, agarraba el lápiz y yo decía, ¡guau! Esas eran cosas que a mí me gustaban. A lo mejor no las entendía muy bien, pero me atrapaban. El ver a las personas enseñar o compartir con los demás siempre ha sido algo que a mí me llama la atención. Es la historia que me vincula de manera vivencial con la docencia, eso también me marcó. Además, fueron tres años que acompañé a mi mamá.

Cuando entro a APAC, regreso a este mismo ambiente. Y eso es lo que le dije a mi mamá, yo le quiero enseñar a niños con problemas, porque una de mis vecinas tenía parálisis cerebral. Entonces, incluso entro a APAC, porque esta vecina le comenta a mi mamá: “pues si le gusta eso de darles clases, si quieres la llevamos”. Y me llevaron. Porque pasa algo curioso a ésta que era una jovencita, había una niña que se veía un poco más pequeña por su dificultad, la parálisis cerebral en las cuatro extremidades. Movía poco los brazos, pero las piernas nada.

Y curiosamente, aunque no tan curioso, la gente le tenía miedo, porque además no tenía control muscular. Entonces, cuando hablan, pues se arquean, se mueven muchísimo. Sí, es impactante estar frente a alguien que va a emitir un sonido y se mueve todo. Yo no le tenía miedo. Le decía a mi mamá, “si no entro a la prepa, quiero entrar a trabajar”. “¿Y no te gustaría acompañar a Marina”, que, además, ya falleció. Y fui dos veces y me gustó; me gustó muchísimo el lugar, que tenían una alberca de terapias, y eso me gustó más.

Me gustó la escuela, el espacio, y preguntaron si podía ir como voluntaria, y dijeron que sí, y ahí fue cuando entré como seis meses, y ya después me contrataron, me pagaban poquito, pero fue mi primer empleo, y además era un salario raro, porque como yo era menor de edad, tampoco me podían contratar oficialmente; me pagaban como sombra, les dicen, o sea, estas personas que van a acompañar a los niños todo el tiempo, a mí me pagaban así, como una sombra, pero en realidad, pues yo iba como auxiliar, entonces, era otra parte.

Fernando: —Veo que hay una vocación por ayudar, ¿por qué decides ayudar?, ¿por qué eso es algo que traes en tu ser?

Cinthia: —Me acaba de pasar algo en el Colegio, precisamente, así fuerte, fuerte, fuerte, porque no concibo que exista la violencia ejercida y más con los iguales. No, no puedo, no sé, ver que maltraten a un pequeño, que se maltraten entre compañeros, entre estudiantes, no, no puedo. La desigualdad, la agresión o la injusticia, me pega siempre, siempre me pega.

La semana pasada vi cómo se iban a pelear unos alumnos, y en esa pelea la novia del que le iban a pegar, cuando vio, pues, que eran muchos los que le iban a pegar, y que eran chavos malos. Empezó a gritar y a manotear, “ya, déjalo en paz”. Yo iba pasando. Entonces, veo que se empiezan a juntar, empezaron a encapsular al chavo. El novio, para que ya no siguiera gritando la chica, prácticamente la tacleó, y le tapó la boca como diciendo, “no me ayudes”, pero la otra seguía manoteando y gritando, y yo, me preguntaba, ¿qué les pasa? Ya eran muchos, y además yo estaba lejos. Y pensé, voy a grabar, saqué mi teléfono, para que vieran que yo estaba grabando. Dos tipos que son los que dirigían la pelea, se me enfrentaron. Me amenazaron, me gritonearon, sí sigue sorprendiendo que nadie se metió. No podría, no concibo, este mundo que tiene tantas cosas bellas, pero también tiene cosas muy terribles y no podemos fingir que no están.

Me preguntas por esta parte de ayudar. Incluso no sé si es ayuda, pero yo no puedo, no puede uno ser omiso, y mis hijos lo saben, cómo ver la injusticia, la desgracia. Es ver que pasa algo y ponerse en el lugar del otro y pensar que en ese momento alguien me podría ayudar.

En una ocasión íbamos por una avenida, a un lado en una motoneta iba una mamá y atrás iba el pequeño, venían de la escuela, porque el niño traía uniforme y su mochila. Al dar la vuelta y se cayeron. Yo venía atrás, no sé cómo atravesé el carro, porque pensé, “no los van a ver”, y como ahí está el retorno, “alguien puede dar la vuelta y los va a atropellar, los va a aplastar”. No sé cómo le hice y atravesé el carro, abrí la puerta para que se dieran cuenta de que estaba parado mi auto, usé las intermitentes y brinqué para levantar al niño, lo senté, pobre estaba todo pálido. No sé, no podría ver algo así y sin poder ayudar, eso siempre me ha pasado por la cabeza.

A veces me pasa con los alumnos, de repente, cuando tienen verdaderos problemas. Hay momentos que me han quebrado en la escuela, porque me entero de cosas que les ocurren. Para mí es prácticamente imposible no estar con esa persona que en ese momento lo necesita. Un alumno me decía, “no entiendo por qué me ayudó, si yo me salí de su clase como a las dos semanas”; y al final, le faltaba, creo que una materia o algo así para poder salir, ya no tenía oportunidad, se había quemado sus extraordinarios, y no había posibilidad y necesitaba registrar su último extraordinario, no podía registrar otro extra por la computadora, ya había acreditado creo lo de los sabatinos. Le decía, “¿cómo te vas a quedar por una materia”. Hablé con la de Control Escolar, con el de Estudiantiles, y le dejaron registrar un extraordinario más y con esto salió de CCH.

Me decía que me quería llevar un obsequio o algo así, y me dije, “no, no lo necesito, con que me digas que sí pudiste salir, para mí es más que suficiente”. Y creo que es eso, el ponerse en el lugar del otro y ver que cuando te pasan cosas así, el que alguien te tienda la mano, te ayuda, te hace ver las cosas distintas. Y pienso que eso es lo que busco hacer siempre, ponerme en el lugar del otro y según yo, tratar de apoyarlos.

Fernando: —Por ejemplo, explorar una parte de lo que comentaste ahorita, antes de pasar a otras preguntas. Dices que no te quedaste en la prepa en un primer intento. ¿Cómo viviste esa no aceptación? ¿Cómo viviste ese momento en el que te dijeron que no estabas dentro de la institución?

Cinthia: —Nunca lo viví como “se acabó mi vida” o algo así, ¿no?, porque, además, yo recuerdo que lo primero que me dijeron, cuando me llegó mi sobre grande, que era la forma en la que te enterabas que no te habías quedado, te regresaban todos tus papeles, mis papás me dijeron, “pues el siguiente año vuélvelo a hacer, espérate y lo vuelves a hacer”. Dije que sí, porque en el fondo sabía que no había estudiado lo suficiente. Si me preguntas, sinceramente, no, no me había preparado para ese examen. Prácticamente es lo que les pasa a los chicos. Todavía están en la secundaria cuando les dicen, “¡ve y preséntate al examen!”. Y así como, ¿qué?, ¿cómo? Y así te presentas. Yo siento que no era tanto como ahora, todo este ritual de los cursos y el estrés, ¿no? Bueno, a mí no me tocó todavía ese estrés o esa presión. Yo lo vi como la cosa más normal. O sea, cero preocupaciones.

Claro, no es agradable, “¡Ay, no me quedé! Pero ahora para el otro examen  estudio más”. Ubico que me preparé, como no tienes idea, para el segundo intento, me quedé en mi primera opción en la mañana con un buen puntaje. Y ahí es donde descubrí la diferencia entre prepararte para algo. Y en el segundo intento le eché muchísimas ganas y me quedé.

Fernando: —¿Cómo se da este encuentro con la comunicación? Porque estudiaste Psicología Educativa, ¿por qué decides estudiar Comunicación?

Cinthia: —Estudié comunicación para seguir dando clases. Cuando yo entré a dar clases al CCH fue porque una maestra pidió licencia a mitad de semestre, y tenía treinta horas, ¡imagínate!, de un momento a otro dijo, “me voy seis meses”. Ahora lo entiendo, no tenían quién la cubriera, cinco grupos. Recuerdo que me preguntaron si estaba titulada porque, además, ese era otro problema. Creo que en la generación en la que entré el Colegio se enfrentaba con el problema de que había muchos maestros que no estaban titulados y daban clases, entonces en esa generación ya no te podían dar más grupos sino estabas titulado, no era fácil mover a los maestros si no tenían título.

Lo primero que me preguntaron fue, “¿está titulada?”. “Sí”. Entonces me dijeron “Preséntese mañana”. De la noche a la mañana ya tenía cinco grupos, porque dentro del perfil profesiográfico estaba la licenciatura en Psicología. Y bueno, si analizas un poco lo que es Taller de Comunicación I, la comunicación humana, sí tienes las bases. A mí me encantaba dar Comunicación I en sus primeros momentos, pero cuando llegué a Comunicación II, lloraba. No tenía las bases. Por esto siempre le estaré tremendamente agradecida a la maestra Silvia Edith Segura y al maestro Manuel de Jesús Corral, porque en la tercera clase que di, al final, se paró un señor grande en la puerta de mi salón y me dijo, “usted es la nueva maestra”. Yo pensé que me iban a correr, “sí, soy yo”. Me dio en unas hojas los programas y la carta descriptiva. En el programa extendido había muchas cosas que no entendía muy bien, para ser honesta. Él me dio el resumen, se presentó y me pasó a saludar muy amablemente.

Al siguiente semestre, cuando empecé a impartir Taller de Comunicación II, que fue a los pocos meses, yo ya era parte de un seminario, lo que muchos profesores no, porque en el primer año andas muy desorientado, entonces llegas a grupos que te ayudará a desarrollarte. A los tres meses ya tenía grupo de trabajo, me invitaron a una reunión que hubo en CCH Sur donde estuvo Flora Huerta, o sea los fundadores de Taller de Comunicación, Yo asistí y no entendí absolutamente nada, no sabía qué estaba haciendo, estaban preparando el siguiente semestre de Comunicación. Atendí todo lo que decían, me dieron materiales y todavía guardo el paquete didáctico que en ese momento había coordinado el papá de la maestra Haideé (Heliodoro Jiménez), por eso también fui a esa reunión.

Desde ese momento, llegué a Taller de Comunicación II emocionada, porque pensé “¿a poco aquí también se hacen amigos? Amigos maestros”. Quien me comentó fue la maestra Silvia Edith, “como eres psicóloga, te va a costar trabajo, sería más fácil si tuvieras la licenciatura en Comunicación”. En septiembre de ese año, empecé la carrera de Comunicación, hice el trámite en el mundo de los libritos nuevamente. Yo estaba estudiando y dando clases de comunicación, así es como llegué a la carrera de Comunicación.

Fernando: —¿Recuerdas cómo fue esa época?, ¿ser estudiante y profesora al mismo tiempo?

Cinthia: —Fue una locura. Me quedé con tres grupos de comunicación en la tarde. Primero sólo me asignaron dos grupos. Y yo dije, “ahora es cuando”. Empecé a estudiar la carrera de Comunicación y en la tarde tenía dos grupos, llegué a tener hasta cuatro grupos de comunicación mientras estudiaba. En la mañana aprendía algo de semiótica, y en la tarde iba y lo aplicaba; me encantó, a mí me gustó mucho. Al final del semestre terminaba con culpa, no saber si me entendían, pero era maravilloso porque trataba de transmitirles mi asombro por los temas, yo ubicaba bien los temas de la comunicación humana, me defendía bien, pero en comunicación masiva no tanto y fui aprendiendo la materia, la disciplina; siento que me hizo crecer mucho como docente. 

Estaba en el famoso equipo del Sempercom, donde aprendí muchísimo; recuerdo que durante las primeras generaciones me abrazaba a un paquete didáctico y no lo soltaba. En las cuatro horas, lo que decía el libro yo lo aplicaba, en cada sesión, no me movía de las actividades del paquete, si no entendía algo muy bien, le preguntaba al doctor Corral; me acuerdo que incluso él me prestaba sus materiales, sus cartulinas, un tríptico enorme que hizo de los tipos de comunicación; te estoy contando de hace más de veinte años. Primero aprendía de eso que me prestaba y después utilizaba los materiales con mis alumnos. Entonces, a estas primeras generaciones creo que les di más Psicología que Comunicación, la verdad.

Fernando: —Oye, antes de dejarlo pasar, ¿cómo llegas al CCH?, ¿ibas pasando por el CCH o cómo haces contacto?

Cinthia: —Conocía a dos maestros en el CCH, cuando llegué creo que ellos ya tenían como 10 años; los conocí por el que ahora es mi esposo, eran sus amigos, una maestra que se fue de licencia por estudios conocía a uno de estos maestros. Entonces cuando se da, me dijeron, “pues ve, deja tus papeles”. Te digo que lo primero que hicieron fue preguntarme si tenía título. Fue algo así como un jueves y no sabía dónde era, además yo estudie en prepa 1, entonces no ubicaba que existía otra escuela que se llamaba Colegio de Ciencias y Humanidades,  no tenía otro referente.

Fernando: —También tienes sentido de tu experiencia como preparatoriana, ¿cuáles fueron las dificultades que encontraste como profesora?

Cinthia: —Cuando los alumnos me preguntaban. Recuerdo que ya daba clases en los dos turnos, pero en el turno de la tarde había un alumno que era maestro de tenis, una vez me dijo, “cálmese, maestra, si quiere hacemos otra cosa”, y yo sólo me puse más nerviosa. Me costó mucho trabajo, porque además yo venía de la prepa, donde no éramos tan preguntones, sólo era hacer y hacer cosas. En el CCH preguntaban mucho, acostumbrarme me costó, sufrí. Además, sin experiencia ni nada, sí me llegaron a cuestionar los alumnos. Al principio eso me costó mucho trabajo y sí llegué a pensar, “¿qué hago aquí?”.

Me acuerdo que una vez dejé una lectura, donde el libro decía que hiciéramos un mapa conceptual. Un alumno propuso que “la lectura se hiciera en casa, porque era muy extensa, y el mapa lo hacemos en la siguiente clase”, y yo, “pero es la actividad, no se puede”, y todos propusieron que lo hiciéramos en la siguiente clase; terminé haciendo lo que ellos decían. Así me pasó muchas veces, terminaba cediendo, porque era uno, pero se replicaba rápido. Se me ocurrió hacer un examen y terminé haciendo el examen a libreta abierta y eso me costó mucho trabajo; ya ni hago exámenes. Yo venía de la educación tradicional, donde los alumnos sólo eran quienes recibían información, y llegar a un grupo donde eran contestatarios, luego me veía muy inexperta; si lidié con algo los primeros años, fue con eso. 

La experiencia más difícil es cuando me toca acompañar en la parte de ser docente; una vez una alumna me dijo, “¿no me puedes poner el siete?”, y como no se lo puse, me dijo, “pues no importa, déjame el seis, no aprendí nada contigo”. Me pegó muchísimo, es la única, jamás alguien lo ha vuelto a decir. Se ve en redes, más ahora, antes era difícil encontrarlo, ahora aparece en todos los inicios de semestre que ponen el nombre del profesor, y piden referencias y se suelta la cascada; apenas leíste un comentario que pusieron como su historial y aparecen todos los nombres. Estaba mi nombre y dije, “¿cómo de que no?”. Díganme, ¿a quién no le da curiosidad? Darle clic a los comentarios; sí encontré dos comentarios míos que decían que era muy buena onda; aprendes mucho con ella, eso te engrandecen el ego, pero dices, “bueno, pues si fuera mala, también lo iban a poner”, como que ahí no hay un filtro. 

A veces sí me han dicho, esto me fue muy difícil, los comentarios que más me llaman la atención es cuando ya les entregaste calificación y te hacen comentarios, que conservas. En estos 23 años nadie me ha vuelto a decir, “no aprendí nada contigo”, y creo que ha sido el momento que me cimbró. Cuando terminábamos clases, yo pensaba, “¡ay, que no se pare alguien y me diga: no aprendí nada contigo”; o sea, sí me marcó. Ya después yo estudiaba más para que aprendieran algo conmigo.   

Fernando: —¿Has tenido algún momento o alguna crisis de vocación en la que digas: “esto no es lo mío, ya me voy”?, ¿por qué o cuándo?

Cinthia: —Cuando me dijeron “no aprendí”, quería darme la vuelta y no volver. También cuando falleció la mamá de una alumna; eso me ocurrió cuando empecé a dar acompañamiento psicológico, me empezaron a desbordar los casos. A una alumna la empecé a ver muy triste, se me acercó y me dice que su mamá estaba enferma de cáncer; le pregunté, “¿cómo va tu mamá?”, “la hospitalizaron”, y en un semestre se murió la mamá. Me dolió tanto que dije, “no quiero vivir las vidas de los alumnos, porque sé que me va a llegar”, esa vez sí dije, “¡ya no quiero ser maestra!”. Sí me he cuestionado mucho eso, cuando te enfrentas a los problemas de los alumnos y no puedes hacer nada; por ejemplo, en la pandemia también se me suicidó una alumna y que se sueltan a llorar en la sesión. 

Una vez les propuse que llegaran a sus casas, cerraran los ojos y les tocaran el rostro a sus papás; no podían creer la sensación que habían tenido, o sea, “he vivido más de 15 años con esta persona y nunca le había tocado la cara, ¿cómo es posible? Nunca me había acercado a esta persona”. Y me dijeron, “hasta sentí como mis vellitos se erizaron”, y se emocionaron. ¿No somos muchas veces precursores para que los alumnos puedan ver otras realidades?, ¿para que se enfrenten al mundo, para que reconozcan? Es que hay algo más, no solamente somos guías. Yo creo que ese es el papel que tiene el docente y más. 

En las edades con las que trabajamos, que es el final de la adolescencia y el comienzo de la juventud, de ser joven y todo, estamos en esa transición. Me parece, entonces, que los docentes, en este momento, en la etapa de vida de nuestros estudiantes, sí somos en muchas ocasiones, que lo he escuchado de gente adulta, el bachillerato es un momento donde cambia la vida. Por eso decidí ser esto. Cuando los alumnos descubren, incluso, hasta su vocación, te das cuenta de que no fuiste guía sino precursor de algo que ellos no tenían en su radar. Eso no se adquiere, es algo más y muchas veces es el papel que tenemos los docentes.

Fernando: —En este rol de ser maestros, guías, que comentas, ¿quiénes fueron los tuyos? Y ahora, como profesora, ¿quiénes son?

Cinthia: —Ya mencioné dos: el maestro Corral, que es doctor, pero además fue mi maestro y la maestra Silvia Edith, quienes me introdujeron a la docencia. Otro maestro que me ha enseñado a escribir, a hacer proyectos, además de algo que entendí y me fascinó: “cuando somos maestros tenemos no sólo la oportunidad de estar en el salón de clases sino de que todo eso que se genera, el contacto humano, te permite muchas otras cosas. Te permite hacer investigaciones, revistas, diplomados y sí –tú–, quien me enseñó esta parte. Un maestro que reduce su práctica a dar clases es un maestro que pierde muchas cosas”.

Por ejemplo, el día que presenté un libro en la FIL de Minería, recuerdo el recinto, maravilloso y mi familia ahí, en la UNAM. Es un momento de realización, es maravilloso, aparte de escribir libros, compartir con el otro a través de un texto, con una estructura específica y todo eso, me lo enseñó el maestro Fernando. Esa parte siempre la he visto así, esta parte seria del trabajo de un docente, lo reflexioné más y somos docentes investigadores. Si no sería prácticamente un desperdicio que sólo nos quedáramos en la docencia, que te da mucho: preguntas todo el tiempo, te hace reflexionar, tener nuevas ideas, y que se quede ahí y que el siguiente año otra vez dar mis clases. Me parece que vivimos en un mundo que mueve tanto tu cabeza que no te da para más, y sí, uno de mis maestros, también mi guía, ha sido nuestro Fernando de CCH Naucalpan.

Más atrás, mi maestra de literatura de la preparatoria nos mandó una vez a hacer entrevistas a los del exilio español, que se reúnen en un restaurante español en el Centro, entiendo que hacen una comida anual. Primero nos dio lecturas y luego nos preguntó si no nos gustaría conocer a los nietos de la gente de esas vivencias de exilio. A tres compañeras nos mandó a entrevistar a los españoles y este inicio me encantó, esas maestras que te sacan del aula, a mí esto me fascinó. Quizá fue tan significativo que es lo único que recuerdo, pero no recuerdo a otro maestro o maestra de la prepa que nos haya dicho, “salgan, vayan, conozcan”. A lo mejor, pues sí, a una biblioteca, no nos mandaron nunca a la Biblioteca Central, nunca.

En el periodo de la secundaria, mi maestra de Educación Cívica me dijo, “afuera de tu casa puedes cuestionar, puedes hacer, decir, etcétera. Pero cuando estés en tu casa, recuerda que a tus papás les debes mucho, y que una forma de reconocer es respetar a tus papás”. ¿Por qué lo dijo? No lo sé, nos lo dijo a todo el mundo, pero a mí me hizo mucho ruido. “A los papás se les debe respetar, han dado mucho por ti y muchas de las cosas que tenemos en este momento, en este salón, lo que tú eres y tienes, es porque atrás de ti hay unos papás. Aprendamos a respetar a los papás.” Eso me gustó mucho, muchísimo. De la primaria no me acuerdo y del kínder tampoco.

Fernando: —Explorando otros ámbitos, ¿cómo fue para ti vivir la maternidad con la docencia? ¿Qué tan complejo fue o cómo viviste esta situación? ¿Cómo vives esta situación de ser mamá, esposa y además profesora?

Cinthia: —Empecé la segunda carrera de Comunicación ya dando clases en el CCH, incluso asistiendo a la ONG, imagínate, me embaracé. Fue muy bonito, porque me tocó ir a Chiapas a estas reuniones trimestrales que te conté anteriormente, fue de las últimas, si no es que la última. Fuimos a la selva a una ceremonia muy bonita con ludotecas a través de la Unicef, el camino fue muy largo en horas y difícil por la falta de transporte y comunicación entre poblados.

Cuando regresé a la ciudad me puse muy mal, empecé a vomitar, yo pensé que era el estómago, por el agua de río, que a lo mejor era tifoidea, pues no, creció y creció: estaba embarazada. Daba clases, empecé la licenciatura y estaba embarazada. Fue una de las razones por las que ya no continúe en la ONG, ya mejor lo dejé. Para mí la maternidad fue hermosísima, porque Cami, que es mi primer hijo, no me acompañaba a las clases, pero sí a las reuniones con los maestros, yo me acuerdo muy bien que en CCH Sur hay un salón que se llama la sala Azul, que está alfombrado y pedían ese salón para las reuniones del seminario. Cami podía gatear, luego yo me lo cargaba aquí, además de que fue muy tranquilo, nunca me pesó, además de que conté con la maravillosa fortuna de tener una pareja increíblemente solidaria y una suegra que siempre me apoyó, con mis dos hijos, siempre me apoyaron.

En algunas clases de la licenciatura me llevaba a Cami siendo un bebé de meses, incluso cuando cumplió un año, una de mis compañeras le llevó un regalito, mis compañeras lo conocían. Las veces que lo llegué a llevar era como su mascota, yo creo, pues mis compañeras eran más chiquitas, y yo era una mamá, además trabajaba en otro lado, sí era una generación más arriba que ellas; les gustaba cargar a Cami, entonces sin problemas cuando lo llevaba. En CCH Sur llegaba con él y era como la mascotita, el doctor Corral se acuerda de él, lo quiere mucho por eso, porque lo vio desde bebecito y decía que éramos tan aburridos que lo dormíamos, siempre que terminábamos las reuniones, él ya estaba dormido.

La maternidad no fue muy complicada, a donde voy, van mis hijos, entonces ellos conocen perfectamente el CCH, cuando ya se aburren me dicen, “oye, te alcanzo en el CCH”, y llegan ahí. He tratado de compartir con ellos, les gusta que sea maestra. A Cami le costó mucho, él entró a la Prepa 1 y le costó mucho matemáticas, entonces tuvo que ir a asesorías, donde conoció a una amiga y resultó que me conocía, y que mi clase le gustaba. A Cami le gusta que sea maestra.

Recién un alumno se acercó muy tímido a preguntarme cómo era estudiar la carrera de Comunicación, le platiqué un poco y al final me dijo que se había decidido por estudiarla. Esto se lo platico a mi familia, en esta parte no me ha costado mucho, porque yo ubico que han sido quienes me han contenido, les comparto muchas cosas. Sí soy de las maestras que obligo a mis alumnos a que vayan al Centro Cultural Universitario, que además está atravesando la avenida. Entonces, cuando los mando, siempre voy con mi familia. Mi segundo hijo acaba de terminar la secundaria, una de sus maestras, “de castigo” les mandó a ver una obra de teatro al Centro Cultural, ninguno de los compañeros de mi hijo sabía qué era. Mis hijos se la viven en esos espacios una vez al mes, desde que aprendieron a caminar, han crecido conmigo siendo maestra y me parece que lo hemos combinado bien.

Fernando: —¿El ser maestra te ayudó a ser mejor mamá o viceversa o no?

Cinthia: —Sí, yo creo que sí. Pero donde más me ha ayudado es estos momentos, cuando mis hijos tienen la edad de mis alumnos, porque es curioso, pero no te los imaginas allá afuera y la realidad es que en la casa somos una cosa, en el trabajo somos otra; en la escuela somos personas distintas, porque nos relacionamos en espacios distintos. Ahora que mis hijos se han ido a la prepa es diferente, porque en la secundaria te mandan llamar, vas a los festivales y en la prepa eso se acabó. Es un espacio donde comienzan a independizarse, toman sus decisiones; esto pasa con mis hijos, se llevan cinco años entre ellos; haberlo vivido con mi hijo mayor me ayudó mucho con el menor, porque sabía lo que estaban haciendo, me ayudó mucho. Por ejemplo, mi hijo se peleó con su maestro de dibujo y con la de computación, o sea, yo sabía de lo que estaban hablando, “es que nos deja cosas ilógicas y no sé qué”. A mí me permitió enfrentarlo, saber de qué hablaba, buscaba que tuviera otro punto de vista ante lo que le estaban pidiendo. Eso lo escuchas todo el tiempo de los mismos compañeros. Cuando mi hijo se convirtió en adolescente, el ser maestra, me permitió enfrentar de manera distinta su adolescencia. Y el paso de la universidad, porque todo el tiempo convivimos con estos alumnos. 

 

Fernando: —Retomando el campo profesional, ¿cómo entiendes a la Comunicación? ¿Cómo enseñas comunicación y cuál es tu didáctica?

Cinthia: —Parto del hecho de que la comunicación es una habilidad que tenemos los seres humanos, yo la uso como una habilidad que nos permite vincularnos hacia afuera, hacia dentro, a través de eso es como veo la comunicación. Esta habilidad nos permite relacionarnos. Cómo enseñar estos distintos vínculos, estas formas distintas de acercarnos al mundo del otro, a los otros, a uno mismo, se puede modificar también, es maleable. Cuando uno enseña Comunicación, está pensando en esta maleabilidad, así la enseño. Es entender lo que ha hecho la comunicación en nuestra especie, después se puede modificar, se puede perfeccionar, además es algo que también trato de imprimir en mi planeación, la crítica y la reflexión. 

¿De qué te sirve un alumno que recita conceptos, fórmulas, pero que no tiene la posibilidad de que con esos conocimientos se logre cuestionar cosas o logre reflexionar? Entonces, me parece que cuando trato de enseñar qué es Comunicación, más bien, ¿por qué nos comunicamos, cómo lo hacemos? A partir de preguntas, que reflexionen, que cuestionen; por ejemplo, durante la pandemia, esas fueron las interrogantes que me hice de los contenidos de la materia. Tienes un conocimiento vago, aunque haya teorías o libros. Si en este momento no te permite dar respuestas, ¿qué sentido tiene? La pandemia me permitió escanear todo el programa, porque nos permitió hablar, no importa, a través de una cámara. Me acuerdo mucho, ahí están las bonitas fotos, este, cuando hablamos del lenguaje no verbal, en particular la indumentaria, que es parte de la temática del programa, cuando se habla de lenguaje y en particular de una de sus formas que es el lenguaje no verbal. 

Entonces les propuse caracterizarnos, porque analizamos películas, vimos la película de Ya no estoy aquí, de un chico cholo que se va a los Estados Unidos. ¿Si nos caracterizamos de cholo y prendemos nuestras camaritas?, ¿investigamos qué hacen o que inventen una señal? Todos lo hicieron, todos lo hicieron. Una chica me contó que tardó toda la mañana alisándose el cabello, y su paliacate que no sé qué, como estábamos encerrados, agarró el trapo de la cocina. Yo los vi entusiasmados, fue en el momento cuando no podíamos ni asomar la nariz afuera, estábamos en plena pandemia. Abrieron sus cámaras, pero también vi en dónde vivían y cómo vivían, algunos en condiciones muy precarias, ubico el techo de lámina, la cama al lado de la mesa. La Comunicación te permite ver esto, ver quién es el otro, quién está del otro lado. Eso pude rescatar del programa. 

Esto me hizo olvidar por un momento que al mundo se lo estaba llevando la chingada, por la pandemia. Ya no sé ni qué contesto. Te hablaba de la docencia, pero te decía que así concibo la Comunicación y así la enseño. Los saberes necesarios que se le tienen que enseñar a un adolescente, ya dije varios explícita e implícitamente. La comunicación grupal, hice una dinámica, estaban divididos en dos equipos, después analizamos qué es un equipo hasta llegar a qué es un grupo; la actividad consistió en armar un cubo con muy pocos materiales, pero el hecho es que se organicen; surgió un evento en el que por agarrar un Diurex se lastimaron y terminé llevando a una chica a enfermería, pedí a otros alumnos que terminaran de proyectar unas diapositivas. A la siguiente clase les pregunté qué era un equipo y un grupo, no todos se habían percatado del accidente de la compañera, entonces tomé este ejemplo para señalar la comunicación grupal. Sabían el concepto de comunicación grupal, pero no actuaban en grupo. 

Uno de los elementos que te permite trabajar en grupo es la solidaridad, el entender que lo que yo hago ahora va a beneficiar al otro en el grupo y si beneficia al grupo, me beneficia a mí. Y eso no lo entienden, después de la pandemia esa parte desapareció, o yo lo creo así. El decir, “¿pues cómo le hacemos con la compañera?”. Porque parecía que la iban a operar, al final no fue así. Pero le mandamos flores, hay que hacer algo por la compañera y me dolió mucho un compañero que dijo, “bueno, si le traigo flores, ¿me va a dar un punto?”, y yo, “¡ups!, ¿qué sentido tiene la comunicación grupal y que la realidad te rebase?”. 

Creo que esas cosas deben rescatarse del programa, el sentido de comunidad visto desde la comunicación grupal, esta parte del autorreconocimiento, detrás hace falta muchísima comunicación intrapersonal, es parte también del autorreconocimiento. Y si hablamos de contenidos, la posibilidad de enfrentarse a contenidos mediáticos, y no que venga la avalancha de videos, de memes y te sepulte, ¿no? Que tengan las herramientas para enfrentarse a todo lo que se genera en las redes. Trabajo con la Encuesta Nacional sobre Usos de la Tecnología de la Información y la Comunicación del INEGI, que sale anualmente. Ahí está muy claro que los chicos de 17 a 24 años son quienes están más conectados; el año pasado, el promedio de horas diarias eran siete horas, ¡es muchísimo!, después en el uso, lo primero es el entretenimiento y las redes sociales son los primeros. ¿Qué están haciendo esas siete horas? ¿Cómo están transformando sus pensamientos?, ¿sus relaciones personales? ¿Qué les están dejando estas siete horas? 

Esto te lo da Taller de Comunicación II, pero no sólo verlo como espectador sino cuestionarlo; por ejemplo, cuando llegamos al tema de opinión pública, tocó el tiempo electoral y las campañas, todos se sentían muy alejados de los mensajes y que no les involucraban, pero todo el tiempo están entre estos mensajes, y parece que no hay espacio para que alcen la voz. 

Fernando: —Vamos cerrando, ¿qué lecturas consideras imprescindibles para los profesores de Comunicación? Académicas o literarias, pero que consideres casi obligatorias para pararse frente a un salón de clases. 

Cinthia: —Yo sí defiendo el uso de los materiales del Colegio, hay varios muy valiosos y tienen la función de acompañar al programa. No existe sólo un texto sino varios, los paquetes didácticos también contienen más referencias, pero siempre acompañan lo que se hace desde el Taller de Comunicación; por ejemplo, la producción del maestro Corral: Resistencia, comunicación y democracia. El libro La comunicación y los entramados de América Latina, porque no concibo mirar a la comunicación sin saber dónde estoy parada. Un texto de Raúl Trejo Delarbre, que se llama Poderes salvajes, la democracia sin contratiempos. Textos de Eduardo Galeano. A mis alumnos les gusta participar mucho, por ejemplo, con El mundo al revés o Patas arriba. La escuela del mundo al revés. Julio Amando con La comunicación y la cultura, que aborda desde la parte antropológica.

 

Fernando: —¿Qué consejo le darías a las profesoras y los profesores que recién darán clases? 

Cinthia: —Que aprendan a trabajar en equipo, porque es una forma de superarse. La docencia es una profesión muy solitaria, pero también deben ubicar el contrapeso donde se compartan referencias o se apoyen en descubrir materiales, integrarse a seminarios. Que se vinculen con otros docentes para crecer, al menos es lo que yo experimenté en mi vida académica y me ha funcionado como docente. He tenido muy buenas experiencias a través de estos grupos; por ejemplo, a mí me tocó coordinar seminarios, me acuerdo de mis referentes que lo coordinaban y ahora ya me toca a mí, donde te das cuenta de que puedes aportar tu experiencia.

Fernando: —¿Con qué personaje real, desaparecido o muerto o ficticio te tomarías un café? 

Cinthia: —Con Aquaman. Siempre me ha llamado la atención el mar, entonces, para preguntarle cómo es vivir en las profundidades.

Fernando: —Si tuvieras que salvar un solo libro de tu biblioteca, ¿cuál sería?

Cinthia: —El principito, y un cuento que le leía a mis hijos, que se llama El hipopótamo azul

Fernando: —¿Qué película o películas no te cansas de ver?

Cinthia: —La de El color púrpura, porque es una historia que me parece increíble, cómo el ser humano tiene la capacidad de que, pese a lo que ocurra, puedes reír. Esa sonrisa de la protagonista que es hermosa, pero ella es fea. Es mi película favorita. 

Fernando: —¿Una canción que refleje tu esencia? 

Cinthia: —La canción se llama El elegido y es de Silvio Rodríguez, no porque me reconozca en ella sino porque me cimbró por las circunstancias, en un coloquio referente a Cuba. Tuve la oportunidad de ir a Cuba, en este coloquio los jóvenes empezaron a cantar y se me enchinó la piel. Fue un momento mágico presenciar la marcha de los jóvenes en la Marcha de las antorchas, se llama así porque marchan con las antorchas. 

Fernando: —Como profesora, ¿cómo te gustaría ser recordada? 

Cinthia: —Como a una maestra que siempre le gustó dar clases; que he tratado de dejar algo bueno al Colegio; que estuve preocupada por lo que ocurriera en el Colegio y actuar para su mejora, porque muchas veces sólo nos preocupamos, pero no hacemos. 

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